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COLEGIO
EL DOLOR DEL MÉDICO (31/03/2005)

Existe la creencia e incluso la convicción, en gran parte de la sociedad, de que los médicos en general y especialmente los que ejercen la clínica, es decir el contacto directo con los enfermos, son menos sensibles ante el sufrimiento, el dolor y la muerte que los demás, como si el hecho de convivir más próximos a ellos les hiciera menos vulnerables y más resistentes, sobre todo a las manifestaciones expresas de dolor.

Nada más lejos de la realidad, una cosa es la profesionalidad que obliga a mantener cordura, serenidad y objetividad, necesarias para hacer lo mejor posible el trabajo, y además transmitir al paciente y su entorno familiar la confianza y ánimos necesarios, más que nunca en circunstancias límites, y otra bien distinta la sensibilidad y el sufrimiento interior.

Se necesita mucha entereza para mantener el tipo, ante enfermos terminales o muertes sorpresivas, naturales o accidentales, y eso es parte de la profesión; probablemente el corazón de los médicos, golpe a golpe se vuelva más duro, pero no más resistente, como lo demuestra la alta incidencia de patología cardiaca, que se da entre los galenos. Cada vez que un médico firma un certificado de defunción, se le clava en su cuerpo una tachuela simbólica. Lógicamente el tamaño de la tachuela varía mucho, no causa el mismo efecto la muerte natural de un anciano que la de una persona joven o un familiar.

El día 11 de julio de 2004, en mi cuerpo se clavaron 4 hermosas tachuelas, con la muerte accidental en mi Belvís de Monroy natal de cuatro jóvenes: Jaime, Ignacio, Pablo y Alfredo. Se estrellaron de madrugada contra un murete coronado con pequeñas almenas, remedo de las monumentales del castillo medieval, paradójicamente construido para dar la bienvenida, a quien pretenda visitar las ruinas históricas de Belvís. A estos cuatro chicos no les dio la bienvenida, les dio el último adiós.

En los más de dos siglos que lleva abandonado a su suerte y a la piqueta del hombre, el castillo de mi pueblo, ha sido lugar preferido de juegos y esparcimiento de todos los niños y jovenzuelos que allí nos criamos; nadie se libró de alguna caída o accidente trepando por sus esbeltas ruinas, pero nunca hubo una desgracia mayor, es como si de sus torres colgaran permanentemente grandes paracaídas con alas angelicales, para amortiguar los golpes de los nativos. Lo que por fortuna no pasó en doscientos largos años, entre esos altísimos e impenetrables muros, la fatalidad ha querido que ocurra en una pared de apenas tres metros, construida hace cuatro días.

Los días once y doce de julio pasados, este médico con dilatada experiencia y curtido en múltiples batallas profesionales, sufrió toda la impotencia, la rabia y el dolor interior posibles, acrecentados sin duda, por la proximidad vecinal y afectiva de las cuatro familias. Impotencia, rabia y dolor doblemente sufridos por lo contenidos, por no poderlos expresar libremente, por no poder desahogar, dando rienda suelta a mis sentimientos.

En estas circunstancias, un médico debe mantener la entereza necesaria para ayudar a los familiares más directos, a los más vulnerables a la tragedia y asumir la responsabilidad de atenderlos, de mantener un mínimo de orden en su entorno, de evitar el agobio insufrible, derivado de la avalancha humana, que con la mejor intención pretende acompañar y expresar sus condolencias; labor esta no siempre bien entendida pero absolutamente necesaria. Debe estar pendiente de aquellos otros familiares, que en un alarde de valor, haciendo de tripas corazón, y tragándose las lágrimas, con gran fortaleza y generosidad, se dedican preferentemente a los más débiles, a los que más lo necesitan, para que no se vengan abajo, para que no desfallezcan.

Siempre ante estos desgraciados hechos se repiten los mismos tópicos: que es el precio a pagar por el desarrollo, la libertad de los jóvenes, los coches, las carreteras, los estimulantes, las prisas de vivir. Por más que se repita este maldito tópico todos los fines de semana, que no sirve para nada, aquel fatídico once de julio, yo grité mil veces en silencio con toda la furia y el dolor del mundo: maldito desarrollo, maldita libertad, malditos coches, malditas carreteras, malditos estimulantes, malditas prisas y maldito muro, que segasteis tan cruelmente, la hermosa vida de estas cuatro criaturas, con inusitada violencia.

Este es el dolor del médico, más callado, menos visible, pero no menos profundo.

Tomás del Monte González
Presidente del Colegio Oficial de Médicos de Cáceres

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